Una historia de corazón

Es duro, muy duro, perder a un padre. Cuando te comunican que le pueden quedar horas de vida, sientes como el dolor te desgarra por dentro mientras en tu mente se acumulan imágenes evocadoras de su persona y se atropellan vivencias comunes del pasado. Intentas mantener una cierta compostura, pensando en que la ausencia de lágrimas visibles quizá ayude a sobrellevar mejor el trago al resto de la familia, mientras te reprochas interiormente “aquella vez que dijiste” o “aquello que no hiciste cuando debías”.

En ocasiones la transición es rápida: una llamada inesperada anuncia un fatal desenlace y la inmediatez sobrevenida de los hechos no permite un exceso de sufrimiento. El embotamiento propio de la burocracia y la sensación de que “hay muchas cosas que hacer” ayuda a anestesiar el dolor, siquiera por unas horas.

En otras, se trata simplemente de aceptar el orden natural de las cosas: una muerte esperada, casi deseada, cuando llama a nuestra puerta y nos recuerda que el tiempo de nuestros mayores se agota. La aceptación, siquiera a regañadientes, de este hecho constituye una muestra de madurez, dicen algunos psicólogos. Debo ser aun un inmaduro…

Pero hay veces en que uno se siente víctima de una amarga injusticia y lucha contra ella buscando mil y un maneras de continuar la partida, aun sabiéndola perdida de antemano. Este es el caso de la historia de mi familia y mi padre. 68 años recién cumplidos. Un largo historial clínico derivado de una afección cardiaca, que le lleva a convivir con un corazón que apenas sostiene su vida. Se nos dice: imposible optar a un transplante. Su edad lo hace inviable. Están afectados el resto de los órganos por la isquemia –falta de riego sanguíneo-. Sufre un desequilibro del tiroides que hace muy difícil su tratamiento. Todo lo que se puede hacer es intentar prolongar su vida en las mejores condiciones.

Un cuadro clínico desesperado: tras años de convivencia con un DAI (un Desfibrilador  Autónomo Interno, una especie de marcapasos muy sofisticado), una operación chapucera de sustitución del cableado del mismo en el Hospital “La Paz” de Madrid, hace algo mas de un año, le lleva a un progresivo deterioro físico que amenaza ser irreversible. Ingresa en Urgencias en el Hospital Severo Ochoa.

Un episodio de arritmias (probablemente por un problema –¿negligencia?- en la medicación) amenaza con un final inminente que provoca su ingreso en la UCI. El equipo médico de cardiología y el de la UCI se esfuerzan en mantener con vida un cuerpo que a duras penas se sostiene, buscando un equilibrio imposible en la delicada función del tiroides. Una sed insaciable le agota constantemente y tortura su mente hasta llevarle al borde de la locura. Con infinita paciencia, recuperan el maltrecho equilibrio y logra salir de la UCI.

Se nos recomienda una nueva operación para cambiar el DAI por un modelo mas sofisticado que,  nos dicen, en un 50% de las ocasiones mejora el funcionamiento del corazón. Aceptamos, como nó. Tras unos días de mejora, el estado de mi padre vuelve a empeorar. Su corazón está tan deteriorado que el nuevo estímulo obtenido no es suficiente para mejorar su funcionamiento.

Una noche espantosa mi madre me llama para que acuda al Hospital. De forma inesperada, mi padre apenas tiene tensión, delira y respira con gran dificultad. Una joven doctora de cardiología, la doctora Manzano, nos mira con cara de circunstancias: no saben si podrá salir de esta. Ella no arroja la toalla. Examina los monitores y los viales una y otra vez. Cada cierto tiempo se acerca algún otro médico de la UCI, diciéndonos que están haciendo todo lo que pueden, pero que su estado es crítico. En algunos momentos, victima del cansancio, creo escuchar un pérfido “toc-toc” en la puerta…

Tras horas de angustia, la doctora nos informa de que, muy levemente, consiguen recuperar poco a poco el pulso. Ella ha ganado la primera batalla. Tras unas semanas, el equipo médico consigue mejorar su estado y vuelve a su habitación. Pasan los días. En conversaciones con algunos de los médicos que le atienden, insistimos de nuevo en la posibilidad del transplante. Imposible, se nos dice de nuevo.

A la desesperada, la familia juega su última carta: mi tío, trasplantado de corazón y anteriormente afectado de una dolencia cardiaca similar, conoce casos de transplantes con éxito a personas por encima de los 65 años. Decidimos comentar el estado de mi padre al doctor que fue responsable de su exitoso transplante hace ya nueve años, el Dr. Segovia y que en la actualidad continúa supervisando su caso en el Hospital “Puerta de Hierro” de Majadahonda. Atento desde el principio, se compromete a examinar a mi padre, aun advirtiéndonos de que se trata de un caso sin duda complicado. Dispone una serie de análisis preliminares que permitan descartar toda posibilidad si hubiera órganos dañados de forma irreversible. No es el caso. Averiguamos posteriormente por él mismo que la Dra. Manzano formó anteriormente parte de su equipo y tiene total confianza en ella para intentar mejorar el estado de mi padre preparándolo para una hipotético futuro traslado a su propio hospital.

A partir de este momento, dicha doctora encara el problema como un desafío personal. Logra mejorar notablemente su estado, dentro de la gravedad, a pesar de las múltiples dificultades y, estamos seguros, de las miradas risueñas de algunos compañeros que, hace ya tiempo, desahuciaron al paciente.

Por fin, llega el ansiado día: trasladan a mi padre al nuevo Hospital. La fatalidad quiere que, durante dicho traslado, su estado empeore notablemente. El Dr. Segovia nos vuelve a advertir que su estado sigue siendo muy complicado, en el limite de lo desesperado. Pero, tras días de amables y acertados cuidados, su estado mejora de nuevo. Es reexaminado, ahora por un completo equipo de especialistas a cuya cabeza se encuentra el Dr. Pulpón, responsable último de la unidad de cardiología. El estado físico de mi padre es demasiado precario aun como para entrar en la lista de posibles transplantes. En ese momento, su cuerpo no es mas que un conjunto de huesos revestidos de piel. Debe aumentar su masa muscular. No es capaz de sostener una cuchara. Su mente sufre algún que otro desvarío, mezclando sueños con realidad. Aun mantiene la cordura, pero por estrecho margen.

Un nuevo régimen, infinidad de cuidados y atenciones prodigadas por todos le llevan progresivamente a ser capaz de abandonar la cama y dar pequeños paseos con ayuda. Poco a poco va aumentando su peso. Por fin, un día se nos comunica que es apto para el transplante. Ahora “sólo” falta que haya un corazón apto. Pasan los días, las semanas. La sed sigue atormentando día tras día la conciencia de mi padre. Su estado mental parece mejorar, aunque sufre alguna que otra recaída, quizá debida a la falta de riego sanguíneo en el cerebro o a la fragilidad de aquel que combate en una batalla que cree interminable. La familia está constantemente a su lado, dándole ánimos, procurando entretener las infinitas horas del día, ayudándole a alimentarse, a moverse, a sobrevivir…

El Dr. Segovia nuevamente nos advierte de que el estado de mi padre no permite albergar muchas esperanzas. Su equipo llega a plantear seriamente que abandone la lista de espera, pues dudan de que pudiera resistir la operación. La moral de la familia se derrumba. Aun así, decide aplazar por unos días esta decisión, a ver como evoluciona.

Tres días mas tarde, hace un mes, nos comunican por sorpresa que hay un corazón en camino, volando en dirección a Madrid. No sabremos si es apto hasta varias horas después… Es compatible. Sin tiempo que perder, es intervenido. Tras tensas horas de espera, salpicadas de un optimismo contagioso, se nos comunica que la operación ha sido un éxito y no parece haber habido grandes complicaciones.

Pasa varios días en la UCI. Aunque el efecto de la anestesia debería haber desaparecido y no está recibiendo ninguna medicación que así lo justifique, se encuentra en un estado de somnolencia inexplicable. Los médicos dudan de una posible hipoxia (falta de oxígeno) en el cerebro durante el transplante. Apenas reacciona a preguntas. Un leve gesto, un parpadeo, unas frases inconexas… Sufre dificultad para mover el brazo. Nuevos temores. Un scanner cerebral termina por descartar dicha posibilidad. Un poco mas tranquilos, nos convencemos de que simplemente se trata de un cerebro agotado que necesita dormir lo que no ha dormido en meses.

Poco a poco vuelve el movimiento y la cordura, desplazando el raciocinio antes perdido a una extraña incredulidad que se manifestaba en una negación de su mente a aceptar que la vida le había vuelto a dar otra oportunidad. Vuelve a recuperar la movilidad, la autonomía, las ganas de hacer cosas… Vuelve a ser mi padre. El Dr. Segovia y su equipo le visitan repetidamente y le recuerdan que “ha sido trasplantado para vivir, no para sobrevivir”. La evolución ha sido plenamente satisfactoria. Mi padres tendrá que someterse a rehabilitación durante algunas semanas y convivir con un regimen de pastillas de por vida, pero por lo demás podrá reanudar una vida normal. En el momento de escribir estas líneas me llama mi madre para indicarme que vaya a recogerles al hospital esta misma tarde, pues están acabando de escribir el informe médico que acompaña al alta.

Es imposible expresar con palabras a todo el equipo médico de ambos hospitales, a las enfermeras, a las auxiliares, el agradecimiento y afecto que sentimos hacia todos ellos. En especial, a los doctores Segovia, Gómez Bueno, Grande y Pulpón y a la doctora Manzano, con quienes quizá tuvimos un trato mas cercano. En palabras de mi padre, “en muchas ocasiones el desempeño de su trabajo fue mas allá de lo que su deber profesional les exigía”. Me ha tocado dos veces la lotería. Debo ser uno de los poquísimos afortunados que puedan contar que tienen un padre y un tío trasplantados de corazón. Me (nos) gustaría (a la familia) poder corresponder de algún modo a tantas atenciones de los citados anteriormente. Sirvan estas líneas pues de emocionado homenaje y reconocimiento hacia todos ellos.

Es muy probable que jamás sepamos quien fue el anónimo donante que ha permitido alargar la vida de mi padre. Por siempre le agradeceremos a él y a su familia ese último gesto desinteresado…

Dicen que “la muerte está tan segura de su victoria que nos da toda una vida de ventaja”. Que siga esperando. Vale.

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